miércoles, 13 de mayo de 2026

Pero las norias eran bonitas

Pero las norias eran bonitas, en cualquier caso y, de niño, su funcionamiento me fascinaba, ya antes de acercarme, con su tic-tic-tic de reloj acuático. En La Mancha, vi una vez una noria con arcaduces de barro cocido: emergían de un maravilloso color rojo, vertían el agua, y el escaso tiempo que estaban al sol era suficiente para que se secase parte de su superficie o para que el barro pudiera absorber la película de líquido como una esponja, como si tuviese una inaplacable sed. SEGUNDO ABECEDARIO. José Jiménez Lozano.

martes, 30 de julio de 2024

TUMBA DE DAMA ANTIGUA

TUMBA DE DAMA ANTIGUA

No sólo el polvo y la ceniza prevalecen en lo oscuro sobre sus dulces senos, y sus ojos glaucos han sido devorados, sino que su figura tan hermosa de alabastro es estercada por búhos y murciélagos. Así son burlados los humanos y sus obras.

ELEGÍAS MENORES. SILENCIO Y ORACIONES. José Jiménez Lozano (1930 - 2020)

domingo, 28 de julio de 2024

FINA LLUVIA

FINA LLUVIA. 

Entre la neblina de la fina lluvia, sol tornasolado que ilumina el oro mate de los árboles ya heridos por el cuchillo del otoño. Todavía un último verdor exasperado, como siempre lo es la última esperanza. (Los cuadernos de Rembrandt. Pg. 21. José Jiménez Lozano. 2005)

jueves, 25 de julio de 2024

ECLESIASTÉS

ECLESIASTÉS

¡Oh! ¿Y yo no estaré ya para cuando florezcan? La tierra que me cubra, ¿no dará rosas? ¿Sólo hay olvido, ni niebla de memoria bajo las hierbas rústicas? ¿En qué blasón antiguo habéis visto ennoblecido el heno? Hoy, está en su verdor y mañana lo arrojarán al horno. Pero sabed que fui, que viví y he existido. Ni mi nombre os importe: podéis pisar el césped, recostaros.

TANTAS DEVASTACIONES. I - ELTIEMPO Y LOS DIOSES. José Jiménez Lozano (1930 - 2020)

domingo, 13 de marzo de 2022

La buena literatura. ...El viejo dragón velaba sobre el pueblo

ERA un dragón, una sierpe, una salamandra, un monstruo hórrido, difícil de clasificar, con una corona de tres picos en la cabeza y un dedo de su mano derecha en los labios como para imponer silencio. ¿A quién? No lo sabemos.

Este dragón se hallaba encaramado sobre el mundo, una bola de hierro negra, sujeta en un vástago y tenía la humorada de señalar el Norte y el Sur, el Este y el Oeste, cosa no difícil de comprender si se añade que el grifo, basilisco o dragón, formaba parte de un pequeño y simpático artefacto que llamamos veleta.

Esta veleta coronaba la torre de la casa solariega de un pueblo labortano.

Era un monstruo rabioso, aquel monstruo indefinido que dominaba su mundo, un monstruo rechinador, malhumorado, que giraba desde hacía muchos años, no sabía cuántos, en la vieja torre de Ustaritz que tenía Gastizar por nombre.

Sus garras amenazaban alternativamente a los cuatro puntos cardinales, de su boca salían llamas que por arte mágico se convertían en una flecha, sus orejas estaban atentas a todo cuanto se hablaba y se murmuraba en el pueblo.

Para neutralizar la perversidad y la iracundia de aquella furia superterrestre, para dulcificar su pérfida malicia, el artífice que le dio forma mortal le fijó para siempre en la cola el anagrama de Jesucristo: J.H.S.

Así este dragón tosco y quimérico representaba el dualismo de las cosas humanas y divinas: por la cabeza al diablo y por la cola a Dios; por delante la ciencia, el materialismo, la duda; por detrás el misticismo y la piedad; por un lado todo malicia, ironía y desprecio para los mortales; por el otro todo benevolencia y resignación cristiana.

En aquella peligrosa altura, en aquella posición incómodamente ambigua, Ormuz y Ariman en una misma pieza, tenía que girar a todas horas el pobre y lastimero dragón de Gastizar. No era extraño que su genio se hubiese agriado y que rechinase con tanta frecuencia.

La soledad le había hecho melancólico. Las alturas aíslan. Aquel viejo basilisco no tenía amigos; únicamente una lechuza parda se posaba en el remate de la veleta y solía estar largo tiempo contemplando desde allí arriba el pueblo.

¿El dragón roñoso y la lechuza de plumas suaves y de ojos redondos se entendían? ¿Quién podía saberlo? ¿Venía ella —el pájaro sabio del crepúsculo— a recibir órdenes de aquel basilisco chirriante e infernal agobiado por su apéndice cristiano? ¿O era el basilisco el que recibía las órdenes de la lechuza?

Si alguien traía órdenes era indudablemente la lechuza. ¿De dónde? Lo ignoramos.

El viejo dragón velaba sobre el pueblo. El dirigía los fantasmas de la noche, él hacía avanzar las nubes oscuras que pasaban delante de la Luna, él irritaba y calmaba los ábregos y los aquilones con sus movimientos bruscos y sus chirridos agudos.

En los días de tempestad, mientras el vendaval soplaba con fuerza, el dragón mugía y chillaba escandalosamente; en las tormentas, a la luz de los relámpagos, se presentaba terrible e iracundo; en cambio, en los días de sol, cuando la claridad dorada se esparcía por las colinas verdes del Labourd, ¡qué humilde!, ¡qué domesticado! ¡Qué buenazo aparecía el dragón de Gastizar vencido por el anagrama cristiano de su cola!

Aun en estos días tranquilos miraba con cierta sorna a la gente que, sin duda, desde su altura le parecía pequeña, a veces se volvía despacio como para dirigir al espectador una cortesía amable, a veces le daba la espalda con un marcado desprecio.

A pesar de su maldad, de su energía y de su furia, el dragón de Gastizar desde hacía algunos años se movía con dificultad para dar sus órdenes.

¿Era que su aditamento cristiano le iba dominando y adormeciendo?

¿Era que sus articulaciones se entorpecían con el reumatismo y la gota?

¿Era solamente la edad?

Fuese lo que fuese, era lo cierto que durante largas temporadas el dragón quedaba inmóvil, sin poder inclinarse ni a la derecha ni a la izquierda, furioso, amenazando con un ademán de cómica impotencia al universo.

A veces una ráfaga de aire le infundía un momento de vida y sus garras se agitaban estremecidas en el aire y su lengua de llamas vibraba con saña, pero al poco tiempo volvía a su inmovilidad con el aspecto triste de un paralítico.

Alguien, probablemente algún burlón, había echado a volar la especie de que la anquilosis de la veleta coincidía con la tranquilidad de la villa, y, en cambio, sus movimientos bruscos, con los conflictos, con las guerras, con las pestes, con las revoluciones… 

La veleta de Gastizar
Pío Baroja, 1918

miércoles, 2 de marzo de 2022

El mirlo andaba todo el año volando desde el bosque a los huertos vecinos

Entre el bosque y el río, sube el camino viejo a Lugo, descalzado por las torrenteras. En marzo yo escuchaba en el bosque el cuco agorero, que despertaba a un tiempo para amores y para profecías. El mirlo andaba todo el año volando desde el bosque a los huertos vecinos, donde al abrigo del norte son parras vetustas y fecundas. Los cuervos cubrían con su grave vuelo la distancia que hay entre el bosque y los agros alcantarinos del Sábelo. Al caer la tarde, palomas torcaces regresaban a sus nidos. Y en la hora vespertina, en el verano, en el enorme silencio sonrosado de la tarde, el alma se ponía a la expectativa del canto del ruiseñor. Yo saludé una vez respetuosamente al encantador serotino:

Quita a monteira, amigo,
que xa o reiseñor
vai cantando no bosque,
ferido de amor!

Álvaro Cunqueiro
El pasajero en Galicia

 

martes, 1 de marzo de 2022

JUNTO A LA VIEJA COLEGIATA

 JUNTO A LA VIEJA COLEGIATA

A vuelo, un murciélago rondaba la cúpula de aquel templo románico, donde no germinaban ya preces, ni cirios ardían. Solitario en obscuro rincón Cristo lívido sin las almas hallábase, que postradas antaño a sus plantas, perdón le pedían; y, del cielo cerrado del templo, las bóvedas, parecían gotear por las tardes leyendas remotas, nacidas de la negra angustia apocalíptica de los siglos más bárbaros, cuando el alma temblaba en el cuerpo, con las alas rotas, en la cárcel de carne, con tortura mística a la muerte esperándola, para verse así libre del mundo de odiosas historias; y en la paz del sepulcro del recinto tétrico -de una fe muera túmulo- un silencio de piedra envolvía las viejas memorias.

Por defuera del templo, bajo el sol vivifico, redondease el ábside, y cubriéndole manta de yedra, los nidos ampara donde ponen cada año golondrinas ágiles su cría, y marchándose, se la llevan à alguna mezquita rayana al Sahara. En la ruina de torre, cigüeña hierática, con los ojos sonámbulos, sesteando de pino al cojuelo, el campo avizora, y al caer de la tarde con su vuelo eurítmico, de la charca a las márgenes, el botín va a buscar que en el nido su cría devora.

Y el Cristo solitario, preso en aquel lúgubre interior aburriéndose, oye de fuera el alegre pío de las golondrinas, y el castañeteo, como un rezo litúrgico, con que cuentan del éxodo las cigüeñas los días que falten. ¡Aves peregrinas!

MIGUEL DE UNAMUNO (10/01/1914)

La Esfera. Ilustración mundial

viernes, 24 de diciembre de 2021

Cuentecillos de Navidad - El vigilante

III - El vigilante 

 El señor Rubén era el vigilante de la noche en el pueblo desde hacía muchos años, pero, en realidad, era también algo astrónomo, y meteorólogo. Cantaba cada hora de la noche como cualquier sereno de cualquier parte del mundo, pero, cuando era preciso, porque había notado alguna mudanza digna de mención en el cielo, también la detallaba. Aunque era muy precavido en anunciar lluvia, por ejemplo, incluso si hubiese comenzado ya a llover, porque no quería perder su reputación, si al día siguiente, aunque hubiese llovido, no quedaran charcos u otras señales manifiestas. Alguna vez se había aventurado, como lo había hecho con la helada, y los resultados habían sido catastróficos, y luego le decían las gentes: —Está visto que Yahvé el Señor no te ha dotado del don de profecía, Rubén. No aciertas ni una vez. Esto le molestaba muchísimo, y contestaba amostazado: —Yo nunca he dicho que sea un profeta, sino un vigilante de la noche, que canta en voz alta lo que ve. Así que enseguida se excusaban los demás de lo que habían dicho, y le aseguraban que, de todas maneras, le estaban muy agradecidos, sobre todo cuando los despertaba diciendo que estaba helando tan recio que la ropa tendida, que se había dejado en algunas casas en el patio, ya estaba como si fueran tablones de madera, o cuando anunciaba que nevaba que era una gloria. Pero el caso era que aquella noche todo había sido diferente. Aquella noche había dado el señor Rubén un primer aviso de que todo estaba tranquilo y sereno, y, aunque había tanta gente en Belén, porque había venido a inscribirse según ordenaba el edicto del César de Roma, todo el mundo parecía que se había acostado muy pronto. Hasta los romanos que habían venido a cumplimentar las inscripciones, y estaban acostumbrados a acostarse tarde, y se paseaban por el pueblo hasta las tantas, parecía que, esa noche, se habían ido a la cama cuando las gallinas, o por lo menos ni luz había en las casas que ocupaban, y todo estaba más en calma que la mayor parte de las noches. Pero a los que oyeran, a Rubén el vigilante, cantar que hacía una noche más tranquila y serena que nunca, les tuvo que sonar a algo raro, aunque quizás fueran pocos, porque la mayor parte de la gente debía de estar en el primer sueño; pero los que fueran debieron de quedar desconcertados, porque era como si Rubén añadiese luego una especie de retahíla. Porque, después de dar el aviso de tranquilidad, en efecto, se le había oído hablar, casi en voz tan alta, como si hubiera descubierto algún ladrón de gallinas, o hasta hablara consigo mismo, como hacía alguna vez, y él sabría por qué. El caso era que iba diciendo que las cosas no tenían que ser así, que aquellas luces que se veían no tenían por qué estar allí, y tampoco aquella estrella que brillaba más que las demás y se había acercado a la tierra como si no pudiera ya seguir en el lugar del orden celeste que la correspondía, o se hubiera salido de él. Y le oyeron decir todo esto no como rezongando como hacía otras noches, sino casi tan alto como cuando cantaba las horas, y en realidad estaba hablando con uno de los romanos al que decía: —¡No me diga que están haciendo a estas horas ejercicios militares con la nochecita tan fría que hace! Pero el romano contestó que, como podía comprender, no iba a contestar a su pregunta, porque no iba a hablar con un judío de cuestiones políticas, pero que, si lo que estaban viendo eran fenómenos ocurridos en la esfera de los astros, como a veces sucede, estas cosas tampoco podía hablarlas con él, porque exigían una preparación científica para ser entendidas y los judíos no podían entender nada, porque ya comenzaban llamando al sol y a la luna candiles o lámparas para el día y para la noche, y esto no era nada científico. Aunque reconocía que esa consideración era muy poética. Y de aquí no salió el romano, ni Rubén el vigilante fue capaz de sacarle. Así que, cuando se despidió de aquél, seguía tan intrigado como estaba, y se decidió a ir hasta la majada donde estaban los pastores que entendían de estrellas y de cambios del tiempo, para consultarles. Y así lo hizo, pero cuando llegó allí, y apenas había llegado, fue cuando se vio aquella claridad en los cielos y se oyó aquella voz que hablaba de que un Niño le había nacido al mundo, y a los cielos y a la tierra, y que los pastores fueran a adorarle al establo donde había nacido. Pero su amigo Daniel, un pastor ya viejo, le había dicho que adonde tenía que ir él, Rubén el vigilante, era a cantar rápidamente la próxima hora en el pueblo, y contar lo que había visto. Y lo que pasó luego fue que Rubén se quedó tan impresionado, que según iba pensando lo que iba a decir, se tracamundaba todo, y cuando llegó al pueblo, ya lo sabía toda la gente. Decía: —Que ha salido el sol en medio de la noche, y a la aurora se la ha caído un clavel, y yo lo he visto. —Que no, Rubén, que lo que ha ocurrido es que nos ha nacido un Niño, y tú no te has enterado de nada. Pero, de todas maneras, cuando la gente volvía de ver al Niño en el establo, comentaba que este era realmente como un alhelí y una rosa y un clavel, que, como había nacido antes del amanecer, era, efectivamente como si tal hermosura se le hubiera caído a lo Alto, y entonces le dijeron a Rubén que cuando cantase a esa hora de ahí en adelante, dijera siempre lo de la rosa, el alhelí y el clavel que había nacido allí, y era de la casa y familia de David, y hasta pariente del mismo Rubén entonces. —Pero yo sí que anuncie todo tal y como era, lo que pasa es que los habitantes de Belén son muy dormilones y siempre se quejan de que no se me oye por la noche. —¡Será eso! —decía la gente. Pero se lo perdonaban todo por lo del clavel, el alhelí y la rosa, que hasta los romanos entendían muy bien lo que había querido decir. Y ahora le tenían mucho respeto.

José Jiménez Lozano 
LIBRO DE LOS VISITANTES

martes, 21 de diciembre de 2021

Figurillas de nacimiento. La disponedora

 Historias navideñas, personajes para cuentos

Cuentecillos de navidad. La disponedora

II La disponedora 

Ni se sabía por dónde había entrado allí aquella mujer. Aunque recordaban, desde luego, que ella era la que les había indicado el establo para su refugio, cuando se los encontró después de haber estado ellos tiempo y tiempo esperando a la puerta de la posada en cuanto llegaron a Belén, y luego de haber recorrido el pueblo entero pidiendo cualquier cobijo. Y se los encontró completamente deshechos, y también abatidos, porque se acercaba ya el momento de nacer el niño y no encontraban aquellos padres ni un colgadizo que les diera un techo y un amparo; así que, aunque dudaron un poco, aceptaron, y ella les acompañó hasta la puerta del establo, diciendo que volvería en un instante, que se fuesen acomodando, y ya verían que, aunque se trataba de un establo, no era tan mal sitio como podía parecerles. Pero iban María y José tan rendidos, y hacía un tal calorcillo allí dentro en aquella cuadra, que les debió de parecer un lugar maravilloso en cuanto entraron, y luego ya, apenas se sentaron un momento, habían debido de quedarse dormidos. —Los romanos hacen muy buenas carreteras y caminos —fue lo primero que aquella mujer comentó a José, cuando volvió y comprobó que éste ya estaba despierto. Y luego continuó rezongando que, como ellos, los romanos, tenían sus buenas casas y palacios, o les invitaban los judíos ricos, o confiscaban el lugar que fuera si lo necesitaban, no habían hecho ni un mal albergue para los viajeros, ni siquiera para ocasiones como ésta en que el pueblo estaba lleno de gente que venía a inscribirse porque había nacido aquí o de aquí procedía su familia. —¿No le parece? Pero, sin esperar contestación a la pregunta, explicó luego que ella se llamaba Marta. Y conocía muy bien al dueño de este establo y de los animales que había allí, y éste le había dicho a ella que podía acomodar allí a alguien, si se terciaba, y ella había arreglado el lugar por si acaso, porque ella creía que gente pobre habría que no lo iba a despreciar, con lo limpito que había quedado, y lo barato que era. Y entonces José iba a decir que ellos no sabían si tendrían para pagar esta posada, y esto se le notaba según la mirada de acobardado que dirigía a la mujer, pero ella aclaró que lo que quería decir era que hasta se podía pagar por aquello, pero no que tuvieran que pagar ellos, que ni se les ocurriera pensar eso siquiera. El dueño del establo y ella misma eran muy pobres, y ¿cómo no iban a comprender el agobio que ellos tenían, sobre todo por el niño que iba a nacer? —¡Tranquilos! —dijo. Ella había ido a informar al dueño del establo de que éste ya estaba ocupado por ellos, y que nunca en su vida podrían haber pensado el buey y la asnilla, que siempre araban juntos, o juntos arrastraban el carro, que iban a dar calor a un niño, nunca. —Como si Yahvé, Bendito sea su Nombre, nos los enviase —había contestado el señor Jacob, el dueño del establo y de los animales, cuando ella se lo había dicho. Y que no se la olvidase a ella, de todas maneras, encender la chimeneílla que había en un rincón del establo cuando naciese el niño, que sólo Adonai sabía si, además, esa familia que allí estaba pudiera ser parienta de tanta gente importante que por aquí había vivido en otro tiempo, como Ruth y Raquel, o el mismo rey David. Y, en cuanto él pudiera levantarse de la cama, el mismo también iría a ver a los forasteros, y a echar la cuenta para ver de qué familia eran, porque el abuelo de él, del dueño del establo, había vivido ciento veinte años, y se sabía los parentescos de las familias antiguas como nadie. Ella atendía ahora al señor Jacob, desde que su mujer se había muerto hacía dos años, dijo. Porque ella atendía a todo el mundo en lo que la pedían, porque era la demandadera de todos, como lo habían sido su madre y su abuela; es decir desde partera, enfermera, aguadora, enjalbegadora, amasadora, amortajadora, rezadora y casamentera, y lo que fuese. Así que no la había dado tiempo a casarse, ni a tener sus hijos propios, pero cuidaba los ajenos mejor que sus padres, porque Yahvé el Señor la había dado ese don; y a lo mejor hasta se casaba ahora con el dueño del establo, y así se recogían los dos, y hacían allí un albergue, que ya como si se hubieran inaugurado ellos como dueños del albergue con el nacimiento de este niño. Pero en ese momento, se despertó la señora que iba a ser la madre del niño, aunque ella misma era una niña casi, y ella, la disponedora, dijo a José que la atendiera, que ya iba a dar a luz la señora, y que los iba a dejar solos, después de poner allí una colchoneta de paja para ella y otra de heno bien calentito para el niño en uno de los pesebres que parecía propiamente una cuna. Pero que, si la señora la necesitaba, que la llamase. Y luego dijo al buey y a la asnilla: —Y vosotros, a respirar fuerte que ya os he echado buen pienso. Luego salió del establo y, a la luz de una candileja, se puso a coger un poco de leña que tenía amontonada junto a una de las paredes del establo; y, a poco, en medio de la noche oscura, al alzarse en su tarea y mirar hacia el cielo, vio como un relámpago o centella que caía sobre el tejado del establo, y luego lo iluminaba como si lo hubiera incendiado. Pero ni la dio tiempo a reaccionar, y ya no estaba segura de si lo que la había deslumbrado no habría sido la lamparilla de aceite del farol, que llevaba y que se había apagado, porque aún las lamparillas más pequeñas, cuando se apagan, se apagan siempre en un resplandor. Pero lo que la extrañaba era que venía gente hacia el establo, aunque estaba todavía algo lejos; pero eso debía ser señal de que habían visto algo. Sólo que, cuando volvió a entrar, ya había nacido el Niño, que era una divinidad, y miraba con unos ojos que se le comían a quien miraba y le ponían la alegría del mundo en el corazón. Y entonces fue cuando la asnilla quiso colocarse delante como para que la mirase a ella el Niño, y ella dijo que, si estos animales no se estaban quietos en sus pesebres, habría que sacarlos de allí. Y la asnilla contestó: —Nosotros no nos movemos de aquí. —Nadie les va a echar de aquí —dijo ella, dirigiéndose a José. Pero éste contestó: —Yo no he dicho nada, no he abierto la boca. Pero quizás la voluntad de Dios es que estemos aquí. —Sí, pero yo hablaba de los animales y he oído que alguien decía lo que decía. Y no va a ser la asnilla. Y José estuvo de acuerdo en que los animales no hablaban. Pero sí, si era la voluntad de Dios, como había ocurrido con la burra de Balaán. Y se sonrió al decir esto. Y ella comenzó a balbucear: —¡Ay de mí! ¡Ay de mí! que entonces no eran alucinaciones, y la burra ha hablado, y el Niño se reía cuando la burra habló. Y entonces la dio a ella como un mareo, y José, que estaba echando en un cuenco pequeño un poco de caldo calentito que la mujer había traído y calentado en la chimenea para su esposa, tuvo que llenar otro para ella, que fue volviendo en sí, poco a poco, y preguntándose quien sería este Niño que hasta hacía hablar a una asnilla. No lo quería ni pensar. Aunque a lo mejor lo pensaba, cuando no tuviera otra cosa que hacer, pero ahora había que hacer aquí todavía muchas cosas, y especialmente atender a la señora y al Niño.

José Jiménez Lozano 
LIBRO DE VISITANTES

domingo, 19 de diciembre de 2021

Personajes de los belenes

 Problemas con el burro

UN BURRO TRAVIESO

 UN BURRO TRAVIESO

Érase una vez un burrito muy travieso. Le gustaba ser travieso. Cuando se ponía algo en su grupa lo arrojaba al suelo y corría detrás de la gente intentando morderla. Como su dueño no sabía qué hacer con él se lo vendió a otra persona, pero como este nuevo dueño tampoco pudo domeñarlo lo vendió a su vez, y así hasta que fue comprado por unos pocos peniques por un horrible viejo que adquiría burros derrengados a los que terminaba de reventar haciéndolos trabajar sin descanso y tratándolos mal. Pero el burro travieso persiguió a este viejo y le mordió y luego huyó dando coces. Como no quería ser atrapado se unió a una caravana que pasaba por el camino.

El burro pensó:

«Nadie sabrá a quién pertenezco en medio de esta multitud». Toda esa gente se dirigía a la ciudad de Belén, y cuando llegaron allí fueron a un gran Khan repleto de personas y animales.

El burrito se introdujo en un agradable y fresco establo donde ya se encontraban un buey y un camello. El camello era una criatura muy altanera, como suelen ser los de su especie, porque los camellos piensan que solo ellos conocen el centésimo y secreto nombre de Dios. Era demasiado orgulloso para hablar con un burro. Así que el burro comenzó a fanfarronear, algo que le encantaba hacer.

Dijo:

—Soy un burro muy diferente. Parte de mí está en el futuro y otra parte en el pasado.

Dijo el buey:

—¿Qué significa eso?

—Que mis patas delanteras me preceden y mis patas traseras van detrás de mí. ¡Y es que mi tata tata treinta y siete veces tatarabuela perteneció al profeta Balaam y contempló con sus propios ojos al Ángel del Señor!

Pero el buey continuó rumiando y el camello ignorándolo.

Entonces un hombre y una mujer entraron y hubo un gran alboroto. Pero el burro pronto se dio cuenta de que no había razón para tanto jaleo, ya que solo se trataba de una mujer que iba dar a luz, algo que ocurre todos los días. Y cuando el bebé nació algunos pastores entraron y todavía alborotaron más; los pastores, como se sabe, son unos simplones.

Pero también entraron algunos hombres con largas y costosas vestiduras.

El camello siseó:

—Son VIP.

El burro preguntó:

—¿Qué es eso?

El camello contestó:

—Gente Muy Importante que trae regalos.

El burro pensó que esos regalos serían cosas buenas para comer, de manera que cuando oscureció comenzó a husmear por todas partes. Pero el primer regalo era de color amarillo y duro, el segundo hizo que el burro estornudara y cuando lamió el tercero el gusto era desagradable y amargo.

El burro dijo disgustado:

—Qué regalos más tontos.

Pero cuando se aproximó al Pesebre el bebé extendió sus bracitos y agarró con fuerza, como suelen hacer los niños pequeños, la oreja del burro.

Y entonces sucedió algo muy extraño. El burro ya no quiso ser travieso nunca más. Por primera vez en su vida quiso ser bueno. Y quería darle un regalo al bebé, pero no tenía nada que ofrecerle. Al bebé parecía gustarle su oreja, pero la oreja era una parte de él. Y entonces tuvo otra idea rara: quizás podría entregarse entero al bebé…

No pasó mucho tiempo antes de que José se presentara con un alto forastero. Este la decía a José algo que parecía muy importante. ¡Cuando el burro se fijó en él apenas podía creer lo que veía!

El forastero pareció disolverse y en su lugar apareció un Ángel del Señor, un ser dorado con alas. Pero después de un instante el Ángel volvió a convertirse en un hombre normal.

El burro se dijo:

—Vaya vaya, estoy teniendo visiones. Debe ser a causa de todo ese pienso que he comido.

José le dijo a María:

—Debemos coger al niño y huir. No hay tiempo que perder.

Y cuando se fijó en el burro continuó:

—Cogeremos este burro y dejaremos dinero para su dueño, sea quien sea. En nuestra situación no podemos demorarnos.

Así que salieron de Belén. Pero cuando llegaron a un lugar donde se estrechaba el camino, el Ángel del Señor se presentó con una espada llameante obligando al burro a desviarse y a ascender una colina. José intentó hacer que regresara al camino, pero María le dijo:

—Déjale que haga lo que quiera. Recuerda lo que le pasó al profeta Balaam.

Justo cuando alcanzaron el refugio que ofrecían unos olivos los soldados del rey Herodes pasaron por el camino con las espadas en la mano y armando un gran estrépito.

El burro, muy satisfecho consigo mismo, se dijo:

—Esto mismo es lo que le ocurrió a mi abuela. Me pregunto si también yo puedo predecir el futuro.

Entrecerró los ojos y vio, un poco borrosamente, cómo un burro se precipitaba en un hoyo y cómo un hombre le ayudaba a salir de él…

El burro dijo:

—Es mi Dueño, que ha crecido hasta convertirse en un hombre.

Entonces vio otra imagen… a ese mismo hombre entrando a lomos de un burro en una ciudad…

—Claro, va a ser coronado rey.

Pero la corona no parecía ser de oro sino de espinas. Aunque al burro le encantaban las espinas y los cardos, no parecían apropiados para una corona. Y había un olor que conocía bien y que le daba miedo: el olor de la sangre. Y había también algo en una esponja que era más amargo que la mirra que había lamido en el establo…

Y el burrito supo de pronto que nunca más querría ver el futuro. Que solo quería vivir el día presente para amar a su pequeño dueño y ser amado por él, y para ponerlos a salvo a Él y a su madre transportándoles a Egipto.

Agatha Christie
Estrella sobre Belén y otros cuentos de Navidad