miércoles, 13 de mayo de 2026
Pero las norias eran bonitas
martes, 30 de julio de 2024
TUMBA DE DAMA ANTIGUA
domingo, 28 de julio de 2024
FINA LLUVIA
jueves, 25 de julio de 2024
ECLESIASTÉS
domingo, 13 de marzo de 2022
La buena literatura. ...El viejo dragón velaba sobre el pueblo
miércoles, 2 de marzo de 2022
El mirlo andaba todo el año volando desde el bosque a los huertos vecinos
martes, 1 de marzo de 2022
JUNTO A LA VIEJA COLEGIATA
JUNTO A LA VIEJA COLEGIATA
A vuelo, un murciélago rondaba
la cúpula de aquel templo románico, donde no germinaban ya preces, ni cirios ardían.
Solitario en obscuro rincón Cristo lívido sin las almas hallábase, que
postradas antaño a sus plantas, perdón le pedían; y, del cielo cerrado del
templo, las bóvedas, parecían gotear por las tardes leyendas remotas, nacidas
de la negra angustia apocalíptica de los siglos más bárbaros, cuando el alma
temblaba en el cuerpo, con las alas rotas, en la cárcel de carne, con tortura mística
a la muerte esperándola, para verse así libre del mundo de odiosas historias; y
en la paz del sepulcro del recinto tétrico -de una fe muera túmulo- un silencio
de piedra envolvía las viejas memorias.
Por defuera del templo, bajo
el sol vivifico, redondease el ábside, y cubriéndole manta de yedra, los nidos
ampara donde ponen cada año golondrinas ágiles su cría, y marchándose, se la
llevan à alguna mezquita rayana al Sahara. En la ruina de torre, cigüeña
hierática, con los ojos sonámbulos, sesteando de pino al cojuelo, el campo
avizora, y al caer de la tarde con su vuelo eurítmico, de la charca a las
márgenes, el botín va a buscar que en el nido su cría devora.
Y el Cristo solitario, preso
en aquel lúgubre interior aburriéndose, oye de fuera el alegre pío de las
golondrinas, y el castañeteo, como un rezo litúrgico, con que cuentan del éxodo
las cigüeñas los días que falten. ¡Aves peregrinas!
MIGUEL DE UNAMUNO (10/01/1914)
La Esfera. Ilustración mundial
viernes, 24 de diciembre de 2021
Cuentecillos de Navidad - El vigilante
III - El vigilante
El señor Rubén era el vigilante de la noche en el pueblo desde hacía muchos años, pero, en realidad, era también algo astrónomo, y meteorólogo. Cantaba cada hora de la noche como cualquier sereno de cualquier parte del mundo, pero, cuando era preciso, porque había notado alguna mudanza digna de mención en el cielo, también la detallaba. Aunque era muy precavido en anunciar lluvia, por ejemplo, incluso si hubiese comenzado ya a llover, porque no quería perder su reputación, si al día siguiente, aunque hubiese llovido, no quedaran charcos u otras señales manifiestas. Alguna vez se había aventurado, como lo había hecho con la helada, y los resultados habían sido catastróficos, y luego le decían las gentes: —Está visto que Yahvé el Señor no te ha dotado del don de profecía, Rubén. No aciertas ni una vez. Esto le molestaba muchísimo, y contestaba amostazado: —Yo nunca he dicho que sea un profeta, sino un vigilante de la noche, que canta en voz alta lo que ve. Así que enseguida se excusaban los demás de lo que habían dicho, y le aseguraban que, de todas maneras, le estaban muy agradecidos, sobre todo cuando los despertaba diciendo que estaba helando tan recio que la ropa tendida, que se había dejado en algunas casas en el patio, ya estaba como si fueran tablones de madera, o cuando anunciaba que nevaba que era una gloria. Pero el caso era que aquella noche todo había sido diferente. Aquella noche había dado el señor Rubén un primer aviso de que todo estaba tranquilo y sereno, y, aunque había tanta gente en Belén, porque había venido a inscribirse según ordenaba el edicto del César de Roma, todo el mundo parecía que se había acostado muy pronto. Hasta los romanos que habían venido a cumplimentar las inscripciones, y estaban acostumbrados a acostarse tarde, y se paseaban por el pueblo hasta las tantas, parecía que, esa noche, se habían ido a la cama cuando las gallinas, o por lo menos ni luz había en las casas que ocupaban, y todo estaba más en calma que la mayor parte de las noches. Pero a los que oyeran, a Rubén el vigilante, cantar que hacía una noche más tranquila y serena que nunca, les tuvo que sonar a algo raro, aunque quizás fueran pocos, porque la mayor parte de la gente debía de estar en el primer sueño; pero los que fueran debieron de quedar desconcertados, porque era como si Rubén añadiese luego una especie de retahíla. Porque, después de dar el aviso de tranquilidad, en efecto, se le había oído hablar, casi en voz tan alta, como si hubiera descubierto algún ladrón de gallinas, o hasta hablara consigo mismo, como hacía alguna vez, y él sabría por qué. El caso era que iba diciendo que las cosas no tenían que ser así, que aquellas luces que se veían no tenían por qué estar allí, y tampoco aquella estrella que brillaba más que las demás y se había acercado a la tierra como si no pudiera ya seguir en el lugar del orden celeste que la correspondía, o se hubiera salido de él. Y le oyeron decir todo esto no como rezongando como hacía otras noches, sino casi tan alto como cuando cantaba las horas, y en realidad estaba hablando con uno de los romanos al que decía: —¡No me diga que están haciendo a estas horas ejercicios militares con la nochecita tan fría que hace! Pero el romano contestó que, como podía comprender, no iba a contestar a su pregunta, porque no iba a hablar con un judío de cuestiones políticas, pero que, si lo que estaban viendo eran fenómenos ocurridos en la esfera de los astros, como a veces sucede, estas cosas tampoco podía hablarlas con él, porque exigían una preparación científica para ser entendidas y los judíos no podían entender nada, porque ya comenzaban llamando al sol y a la luna candiles o lámparas para el día y para la noche, y esto no era nada científico. Aunque reconocía que esa consideración era muy poética. Y de aquí no salió el romano, ni Rubén el vigilante fue capaz de sacarle. Así que, cuando se despidió de aquél, seguía tan intrigado como estaba, y se decidió a ir hasta la majada donde estaban los pastores que entendían de estrellas y de cambios del tiempo, para consultarles. Y así lo hizo, pero cuando llegó allí, y apenas había llegado, fue cuando se vio aquella claridad en los cielos y se oyó aquella voz que hablaba de que un Niño le había nacido al mundo, y a los cielos y a la tierra, y que los pastores fueran a adorarle al establo donde había nacido. Pero su amigo Daniel, un pastor ya viejo, le había dicho que adonde tenía que ir él, Rubén el vigilante, era a cantar rápidamente la próxima hora en el pueblo, y contar lo que había visto. Y lo que pasó luego fue que Rubén se quedó tan impresionado, que según iba pensando lo que iba a decir, se tracamundaba todo, y cuando llegó al pueblo, ya lo sabía toda la gente. Decía: —Que ha salido el sol en medio de la noche, y a la aurora se la ha caído un clavel, y yo lo he visto. —Que no, Rubén, que lo que ha ocurrido es que nos ha nacido un Niño, y tú no te has enterado de nada. Pero, de todas maneras, cuando la gente volvía de ver al Niño en el establo, comentaba que este era realmente como un alhelí y una rosa y un clavel, que, como había nacido antes del amanecer, era, efectivamente como si tal hermosura se le hubiera caído a lo Alto, y entonces le dijeron a Rubén que cuando cantase a esa hora de ahí en adelante, dijera siempre lo de la rosa, el alhelí y el clavel que había nacido allí, y era de la casa y familia de David, y hasta pariente del mismo Rubén entonces. —Pero yo sí que anuncie todo tal y como era, lo que pasa es que los habitantes de Belén son muy dormilones y siempre se quejan de que no se me oye por la noche. —¡Será eso! —decía la gente. Pero se lo perdonaban todo por lo del clavel, el alhelí y la rosa, que hasta los romanos entendían muy bien lo que había querido decir. Y ahora le tenían mucho respeto.
martes, 21 de diciembre de 2021
Cuentecillos de navidad. La disponedora
domingo, 19 de diciembre de 2021
UN BURRO TRAVIESO
UN BURRO TRAVIESO
Érase una vez un burrito muy
travieso. Le gustaba ser travieso. Cuando se ponía algo en su grupa lo arrojaba
al suelo y corría detrás de la gente intentando morderla. Como su dueño no
sabía qué hacer con él se lo vendió a otra persona, pero como este nuevo dueño
tampoco pudo domeñarlo lo vendió a su vez, y así hasta que fue comprado por
unos pocos peniques por un horrible viejo que adquiría burros derrengados a los
que terminaba de reventar haciéndolos trabajar sin descanso y tratándolos mal.
Pero el burro travieso persiguió a este viejo y le mordió y luego huyó dando
coces. Como no quería ser atrapado se unió a una caravana que pasaba por el
camino.
El burro pensó:
«Nadie sabrá a quién
pertenezco en medio de esta multitud». Toda esa gente se dirigía a la ciudad de
Belén, y cuando llegaron allí fueron a un gran Khan repleto de personas y
animales.
El burrito se introdujo en un
agradable y fresco establo donde ya se encontraban un buey y un camello. El
camello era una criatura muy altanera, como suelen ser los de su especie,
porque los camellos piensan que solo ellos conocen el centésimo y secreto
nombre de Dios. Era demasiado orgulloso para hablar con un burro. Así que el
burro comenzó a fanfarronear, algo que le encantaba hacer.
Dijo:
—Soy un burro muy diferente.
Parte de mí está en el futuro y otra parte en el pasado.
Dijo el buey:
—¿Qué significa eso?
—Que mis patas delanteras me
preceden y mis patas traseras van detrás de mí. ¡Y es que mi tata tata treinta
y siete veces tatarabuela perteneció al profeta Balaam y contempló con sus
propios ojos al Ángel del Señor!
Pero el buey continuó rumiando
y el camello ignorándolo.
Entonces un hombre y una mujer
entraron y hubo un gran alboroto. Pero el burro pronto se dio cuenta de que no
había razón para tanto jaleo, ya que solo se trataba de una mujer que iba dar a
luz, algo que ocurre todos los días. Y cuando el bebé nació algunos pastores
entraron y todavía alborotaron más; los pastores, como se sabe, son unos
simplones.
Pero también entraron algunos
hombres con largas y costosas vestiduras.
El camello siseó:
—Son VIP.
El burro preguntó:
—¿Qué es eso?
El camello contestó:
—Gente Muy Importante que trae
regalos.
El burro pensó que esos
regalos serían cosas buenas para comer, de manera que cuando oscureció comenzó
a husmear por todas partes. Pero el primer regalo era de color amarillo y duro,
el segundo hizo que el burro estornudara y cuando lamió el tercero el gusto era
desagradable y amargo.
El burro dijo disgustado:
—Qué regalos más tontos.
Pero cuando se aproximó al
Pesebre el bebé extendió sus bracitos y agarró con fuerza, como suelen hacer
los niños pequeños, la oreja del burro.
Y entonces sucedió algo muy
extraño. El burro ya no quiso ser travieso nunca más. Por primera vez en su
vida quiso ser bueno. Y quería darle un regalo al bebé, pero no tenía nada que
ofrecerle. Al bebé parecía gustarle su oreja, pero la oreja era una parte de
él. Y entonces tuvo otra idea rara: quizás podría entregarse entero al bebé…
No pasó mucho tiempo antes de que
José se presentara con un alto forastero. Este la decía a José algo que parecía
muy importante. ¡Cuando el burro se fijó en él apenas podía creer lo que veía!
El forastero pareció
disolverse y en su lugar apareció un Ángel del Señor, un ser dorado con alas.
Pero después de un instante el Ángel volvió a convertirse en un hombre normal.
El burro se dijo:
—Vaya vaya, estoy teniendo
visiones. Debe ser a causa de todo ese pienso que he comido.
José le dijo a María:
—Debemos coger al niño y huir.
No hay tiempo que perder.
Y cuando se fijó en el burro
continuó:
—Cogeremos este burro y
dejaremos dinero para su dueño, sea quien sea. En nuestra situación no podemos
demorarnos.
Así que salieron de Belén.
Pero cuando llegaron a un lugar donde se estrechaba el camino, el Ángel del
Señor se presentó con una espada llameante obligando al burro a desviarse y a
ascender una colina. José intentó hacer que regresara al camino, pero María le
dijo:
—Déjale que haga lo que
quiera. Recuerda lo que le pasó al profeta Balaam.
Justo cuando alcanzaron el
refugio que ofrecían unos olivos los soldados del rey Herodes pasaron por el
camino con las espadas en la mano y armando un gran estrépito.
El burro, muy satisfecho
consigo mismo, se dijo:
—Esto mismo es lo que le
ocurrió a mi abuela. Me pregunto si también yo puedo predecir el futuro.
Entrecerró los ojos y vio, un
poco borrosamente, cómo un burro se precipitaba en un hoyo y cómo un hombre le
ayudaba a salir de él…
El burro dijo:
—Es mi Dueño, que ha crecido
hasta convertirse en un hombre.
Entonces vio otra imagen… a
ese mismo hombre entrando a lomos de un burro en una ciudad…
—Claro, va a ser coronado rey.
Pero la corona no parecía ser
de oro sino de espinas. Aunque al burro le encantaban las espinas y los cardos,
no parecían apropiados para una corona. Y había un olor que conocía bien y que
le daba miedo: el olor de la sangre. Y había también algo en una esponja que
era más amargo que la mirra que había lamido en el establo…
Y el burrito supo de pronto
que nunca más querría ver el futuro. Que solo quería vivir el día presente para
amar a su pequeño dueño y ser amado por él, y para ponerlos a salvo a Él y a su
madre transportándoles a Egipto.
Agatha Christie
Estrella sobre Belén y otros cuentos de Navidad
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José Jiménez Lozano LIBRO DE VISITANTES Sucedió en aquellos días que salió un edicto de Cesar Augusto para que se empadronara todo el orbe.....

