UN BURRO TRAVIESO
Érase una vez un burrito muy
travieso. Le gustaba ser travieso. Cuando se ponía algo en su grupa lo arrojaba
al suelo y corría detrás de la gente intentando morderla. Como su dueño no
sabía qué hacer con él se lo vendió a otra persona, pero como este nuevo dueño
tampoco pudo domeñarlo lo vendió a su vez, y así hasta que fue comprado por
unos pocos peniques por un horrible viejo que adquiría burros derrengados a los
que terminaba de reventar haciéndolos trabajar sin descanso y tratándolos mal.
Pero el burro travieso persiguió a este viejo y le mordió y luego huyó dando
coces. Como no quería ser atrapado se unió a una caravana que pasaba por el
camino.
El burro pensó:
«Nadie sabrá a quién
pertenezco en medio de esta multitud». Toda esa gente se dirigía a la ciudad de
Belén, y cuando llegaron allí fueron a un gran Khan repleto de personas y
animales.
El burrito se introdujo en un
agradable y fresco establo donde ya se encontraban un buey y un camello. El
camello era una criatura muy altanera, como suelen ser los de su especie,
porque los camellos piensan que solo ellos conocen el centésimo y secreto
nombre de Dios. Era demasiado orgulloso para hablar con un burro. Así que el
burro comenzó a fanfarronear, algo que le encantaba hacer.
Dijo:
—Soy un burro muy diferente.
Parte de mí está en el futuro y otra parte en el pasado.
Dijo el buey:
—¿Qué significa eso?
—Que mis patas delanteras me
preceden y mis patas traseras van detrás de mí. ¡Y es que mi tata tata treinta
y siete veces tatarabuela perteneció al profeta Balaam y contempló con sus
propios ojos al Ángel del Señor!
Pero el buey continuó rumiando
y el camello ignorándolo.
Entonces un hombre y una mujer
entraron y hubo un gran alboroto. Pero el burro pronto se dio cuenta de que no
había razón para tanto jaleo, ya que solo se trataba de una mujer que iba dar a
luz, algo que ocurre todos los días. Y cuando el bebé nació algunos pastores
entraron y todavía alborotaron más; los pastores, como se sabe, son unos
simplones.
Pero también entraron algunos
hombres con largas y costosas vestiduras.
El camello siseó:
—Son VIP.
El burro preguntó:
—¿Qué es eso?
El camello contestó:
—Gente Muy Importante que trae
regalos.
El burro pensó que esos
regalos serían cosas buenas para comer, de manera que cuando oscureció comenzó
a husmear por todas partes. Pero el primer regalo era de color amarillo y duro,
el segundo hizo que el burro estornudara y cuando lamió el tercero el gusto era
desagradable y amargo.
El burro dijo disgustado:
—Qué regalos más tontos.
Pero cuando se aproximó al
Pesebre el bebé extendió sus bracitos y agarró con fuerza, como suelen hacer
los niños pequeños, la oreja del burro.
Y entonces sucedió algo muy
extraño. El burro ya no quiso ser travieso nunca más. Por primera vez en su
vida quiso ser bueno. Y quería darle un regalo al bebé, pero no tenía nada que
ofrecerle. Al bebé parecía gustarle su oreja, pero la oreja era una parte de
él. Y entonces tuvo otra idea rara: quizás podría entregarse entero al bebé…
No pasó mucho tiempo antes de que
José se presentara con un alto forastero. Este la decía a José algo que parecía
muy importante. ¡Cuando el burro se fijó en él apenas podía creer lo que veía!
El forastero pareció
disolverse y en su lugar apareció un Ángel del Señor, un ser dorado con alas.
Pero después de un instante el Ángel volvió a convertirse en un hombre normal.
El burro se dijo:
—Vaya vaya, estoy teniendo
visiones. Debe ser a causa de todo ese pienso que he comido.
José le dijo a María:
—Debemos coger al niño y huir.
No hay tiempo que perder.
Y cuando se fijó en el burro
continuó:
—Cogeremos este burro y
dejaremos dinero para su dueño, sea quien sea. En nuestra situación no podemos
demorarnos.
Así que salieron de Belén.
Pero cuando llegaron a un lugar donde se estrechaba el camino, el Ángel del
Señor se presentó con una espada llameante obligando al burro a desviarse y a
ascender una colina. José intentó hacer que regresara al camino, pero María le
dijo:
—Déjale que haga lo que
quiera. Recuerda lo que le pasó al profeta Balaam.
Justo cuando alcanzaron el
refugio que ofrecían unos olivos los soldados del rey Herodes pasaron por el
camino con las espadas en la mano y armando un gran estrépito.
El burro, muy satisfecho
consigo mismo, se dijo:
—Esto mismo es lo que le
ocurrió a mi abuela. Me pregunto si también yo puedo predecir el futuro.
Entrecerró los ojos y vio, un
poco borrosamente, cómo un burro se precipitaba en un hoyo y cómo un hombre le
ayudaba a salir de él…
El burro dijo:
—Es mi Dueño, que ha crecido
hasta convertirse en un hombre.
Entonces vio otra imagen… a
ese mismo hombre entrando a lomos de un burro en una ciudad…
—Claro, va a ser coronado rey.
Pero la corona no parecía ser
de oro sino de espinas. Aunque al burro le encantaban las espinas y los cardos,
no parecían apropiados para una corona. Y había un olor que conocía bien y que
le daba miedo: el olor de la sangre. Y había también algo en una esponja que
era más amargo que la mirra que había lamido en el establo…
Y el burrito supo de pronto
que nunca más querría ver el futuro. Que solo quería vivir el día presente para
amar a su pequeño dueño y ser amado por él, y para ponerlos a salvo a Él y a su
madre transportándoles a Egipto.
Agatha Christie
Estrella sobre Belén y otros cuentos de Navidad
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