domingo, 7 de junio de 2026

"Rello de Pontemil": Un relato de Álvaro Cunqueiro

Rello de Pontemil, una historia con fantasma
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"Rello de Pontemil": Un relato de Álvaro Cunqueiro


Rello era un tipo callado. Se sentaba en un rincón de la taberna, mirón de las partidas de tute subastado, bebiendo a pocos de su jarrita de tinto de San Fiz. Su perro Listo era callado como él; la cabeza en la pierna del amo, adormecía, con las largas orejas cayéndole sobre los ojos. Rello nunca contaba nada. Cuando una partida terminaba, se iba a sentar junto a otra. Opinaba del juego con acierto, y si le preguntaban por qué no jugaba, respondía que no sabía subastar.

—¡Siempre subo de más! —aseguraba.

A las doce en punto de la noche del sábado, Rello se retiraba, y su perro Listo iba tras él, meneando el rabo. Rello llevaba siempre de la taberna un periódico, atrasado o falto de hojas. Rello no sabía leer, pero no sabía irse de la taberna sin el periódico. Un tal Rozas, que era muy discutidor y curioso, y explicaba lo que se contó en Madrid, donde cumplía el servicio militar, de la muerte de Joselito, le preguntó una noche a Rello para qué llevaba El Debate. Rello se puso colorado, y dijo que en una casa siempre aprovechaba tener un papel. Así que se marchó Rello, Rozas comentó que su vecino, a la caída de la tarde, se sentaba en la solana de su casa, que daba sobre el río, con el periódico abierto ante él, como si leyese, y así estaba una hora larga.

Como yo tenía confianza con Rello, le pregunté el porqué de aquella sesión de lectura al aire libre.

—¿No se lo contará a nadie?

—¡Seguro que no, Rello!

Rello encontrara en el camino de Pontemil, anocheciendo, a un tal Xestoso de Montes. El camino va hacia el río por una robleda que llaman Adrela. Xestoso de Montes había muerto hacía diez o doce años.

Era muy erudito en política internacional, sabía la pérdida de Cuba contada por un sargento retirado que vivía en Lalín, y cuando la guerra del 14 compraba de vez en cuando La Esfera, para recortar los dibujos de batallas de Matania, con los que iba decorando su casa. En el otro barrio debía de seguir preocupado con los líos de este, porque lo que quería saber por Rello, y por eso se le apareciera metiéndole un susto mayúsculo, era si el káiser volvía a reinar en Berlín. Rello, con el miedo del difunto en presencia, no osó decirle a Xestoso que no sabía quién fuera el káiser.

—¡Eso se lee en los periódicos!

Rello tampoco supo decir que no sabía leer.

—Tú lo que tienes que hacer, Rello amigo, es estar atento por los periódicos a la vuelta del káiser. Yo te daré dos duros por semana, si sigues el asunto y me vas dando las partes.

Y Rello, para que Xestoso lo viese leer el periódico, se sentaba en la solana de su casa con el que le habían dado en la taberna.

—¡Xestoso es muy puntual en el pago! —me aseguró Rello.

Y después de pensarlo un poco, de rascarse la cabeza con la mano derecha mientras que con la izquierda levantaba el viejo sombrero, y hablándome al oído, me preguntó:

—¿Y volvió el káiser?

Yo le expliqué a Rello quién fuera el káiser Guillermo II con sus bigotes y un brazo más pequeño que el otro, cómo huyó de Alemania y se fue a vivir a Holanda en un lugar en el que había buen queso y manzanas de las mejores, casara de segundas con una regordeta arrubiada, y montara una granja.

—¿Vive?

No quise engañar a Rello y le dije la verdad, que el káiser muriera. Me doy cuenta de que fue plantearle a Rello, que era un buen hombre, un caso de conciencia. Si el káiser estaba muerto, no podía volver a Berlín, y era engañar a Xestoso de Montes el mantenerlo con la expectativa del suceso. Rello se fue por el camino de la Adrela, meditando. Semanas después lo encontré una noche en la taberna del Empalme. Estaba de pie, junto a los bocoyes. Se disponía a salir, como siempre seguido de su perro Listo. Encima del bocoy del tinto estaba un periódico. Lo cogió, lo dobló, lo metió bajo el brazo, y me hizo como una seña inclinando la cabeza, pero no me dio las buenas noches. Comprendí que seguía cobrándole dos duros a la semana a Xestoso de Montes, por estar atento a si el káiser volvía.

sábado, 23 de mayo de 2026

EL LIBRO DE LAS GOLONDRINAS

EL LIBRO DE LAS GOLONDRINAS

EL LIBRO DE LAS GOLONDRINAS
SEGUNDO ABECEDARIO  
José Jiménez Lozano

Toller también estuvo comprometido con la República de Munich, y fue encarcelado. En su celda las golondrinas hicieron un nido, y el poeta escribió un poema que se consideró subversivo. Cuando al año siguiente las golondrinas volvieron, los guardianes destruyeron el nido; pero las golondrinas tornaron a hacerlo, y «la lucha duró siete meses entre las fuerzas unidas de Baviera y los pequeños pájaros», hasta que éstos dejaron de construir nidos y pasaban la noche en la celda, acurrucados el uno junto al otro. Toller sacó clandestinamente de la cárcel su Libro de las golondrinas.

Una historia universal, tan diferente de la de los hombres. Tan necesaria para éstos.

lunes, 18 de mayo de 2026

Noche de octubre

Un día de octubre

Día frío.  
Golpe.  
Silencio.  

Algo cede.  
Algo se apaga.  

Queda un resto.  
Permanece.  

La noche mira.  
No dice nada.  

El tiempo avanza.  
Se tiñe.  

Un color antiguo  
resiste.  

domingo, 17 de mayo de 2026

Los hojas vuelan antes de ser sombra

Los hojas vuelan antes de ser sombra ***
El viento arranca lo que amamos,  
como la vida arranca su esperanza.  
Las hojas vuelan —no caen—,  
se elevan un instante, doradas,  
antes de ser sombra.

El sol, oro líquido,  
se derrama sobre los rostros  
que el frío adereza con melancolía.  
Cada mirada es una llama breve,  
un silencio que piensa.

Los pájaros callan,  
y en su callar se oye el mundo.  
La noche, cazador sin rostro,  
ya avanza entre los árboles,  
pero la luz —esa mínima fe—  
aún arde en torno a los que caminan.

viernes, 15 de mayo de 2026

Un ojo sin mundo

San Frutos en gris y pardo.
Un verde mínimo.
El agua deshace la roca
en hilos y veladuras.
Cielo de ceniza.
El río trenzado.
Silencio.
Ruinas abiertas.
La espadaña vacía:
un ojo sin mundo.


miércoles, 13 de mayo de 2026

Pero las norias eran bonitas

Pero las norias eran bonitas, en cualquier caso y, de niño, su funcionamiento me fascinaba, ya antes de acercarme, con su tic-tic-tic de reloj acuático. En La Mancha, vi una vez una noria con arcaduces de barro cocido: emergían de un maravilloso color rojo, vertían el agua, y el escaso tiempo que estaban al sol era suficiente para que se secase parte de su superficie o para que el barro pudiera absorber la película de líquido como una esponja, como si tuviese una inaplacable sed. SEGUNDO ABECEDARIO. José Jiménez Lozano.