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El viento arranca lo que amamos,
como la vida arranca su esperanza.
Las hojas vuelan —no caen—,
se elevan un instante, doradas,
antes de ser sombra.
El sol, oro líquido,
se derrama sobre los rostros
que el frío adereza con melancolía.
Cada mirada es una llama breve,
un silencio que piensa.
Los pájaros callan,
y en su callar se oye el mundo.
La noche, cazador sin rostro,
ya avanza entre los árboles,
pero la luz —esa mínima fe—
aún arde en torno a los que caminan.
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