Con la muerte de Sancho difundióse en el campo la consternación. Los leoneses y gallegos, como que servían de mala voluntad en sus banderas, abandonáronlas incontinenti y se desbandaron. Los castellanos, como más obligados, permanecieron firmes en su puesto; y colocando después en un féretro el cadáver del rey, le trasportaron con lúgubre aparato al monasterio de Oña, donde le dieron sepultura y le hicieron las correspondientes exequias. Algunos añaden que los de Zamora salieron de la ciudad en persecución de los fugitivos, y que los castellanos, correspondiendo a su fidelidad proverbial, se fueron defendiendo vigorosamente en la retirada, siendo celosos guardadores de los inanimados restos de su señor hasta depositarlos en la tumba.
Acaeció la muerte de Sancho II de Castilla el 6 de octubre de 1072. Su mujer, la reina Alberta, no le dio sucesión. Había reinado seis años, nueve meses y diez días en Castilla: en León un año, dos meses y veinte y dos días, contando desde la batalla de Golpejar. Mereció por su valor el dictado de Sancho el Fuerte. Era de arrogante y bella apostura, y en el epitafio de Oña se le compara en la figura y belleza a Paris, en la bravura bélica a Héctor.
Modesto Lafuente
Historia General de España - III
Historia General de España 03
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