Continuó el hijo de Almanzor sus incursiones periódicas, ni notables por su brillo ni fecundas en resultados, hasta el 1005 en que otorgó a los cristianos una tregua, que equivalió para ellos a una paz. Debieron mover a los leoneses a solicitar esta transacción algunas desavenencias ocurridas con el conde de Castilla, y apoyó y esforzó su instancia el walí de Toledo Abdallah ben Abdelaziz, uno de los más antiguos y fieles caudillos de Almanzor. Motivaba este interés del walí toledano en favor del monarca leonés lo siguiente. Entre las cautivas cristianas que Abdallah tenía en su poder se hallaba una hermosa doncella, hacia la cual concibió el walí una pasión vehemente. Supo que aquella linda joven era hermana del rey de León y pidiósela en matrimonio. Accedió Alfonso a darle su hermana como medio y condición de alcanzar la paz de Abdelmelik. Celebráronse las paces, y también las bodas muy contra la voluntad de Teresa, que así se llamaba la princesa cristiana. Cuenta la crónica que la noche de las bodas le dijo a su mal tolerado esposo: «Guárdate de tocarme, porque eres un príncipe pagano: y si lo hicieres, el ángel del Señor te herirá de muerte». Rióse de ello el musulmán, y desatendió su intimación. Mas no tardó en arrepentirse de ello, porque a poco tiempo se cumplió el fatal vaticinio, y como el Wali sintiese acabársele la vida, llamó a sus consejeros y sirvientes, mandó que devolviesen a su hermano la joven desposada, tan bella cautiva como infausta esposa, y que fuese conducida a León, acompañando el mensaje con ricos dones de oro y plata, joyas y vestidos preciosos. Abdallah falleció al poco tiempo: Teresa profesó de religiosa en un convento, y en este estado murió en Oviedo en el año 1039[34].
Muerto Abdallah, y espirado que hubo también el plazo de la tregua, invadió de nuevo Abdelmelik las tierras de Castilla (1007), desmanteló a Ávila, Gormaz, Osma y otras fortalezas que los cristianos habían ido reparando: avanzó por Salamanca a Galicia y Lusitania, y regresó a Córdoba, donde solo se detuvo a preparar la campaña de la primavera siguiente. Emprendió esta hacia el interior de Galicia (1008), «al frente, dicen las crónicas árabes, de cuatro mil jinetes escogidos, armados de corazas resplandecientes como estrellas, cubiertos sus caballos con caparazones de seda de dobles forros: seguía la caballería andaluza y africana, gente aguerrida que se había distinguido en las más peligrosas ocasiones… Acometieron a los cristianos, y aunque eran los héroes de su tiempo, que todos habían entrado en muchas batallas y eran gente avezada a los horrores de las peleas, los atropellaron y rompieron sus almafallas, y se volvieron sobre ellos como dragones, y se pusieron en desordenada fuga, dejando el campo regado de sangre. Siguió Abdelmelik el alcance con su caballería, y reparados los cristianos en unos recuestos y pasos difíciles, se renovó la cruel batalla. Los infieles (continúa su crónica) pelearon como rabiosos tigres, y allí los muslimes padecieron mucho. A favor de la oscuridad que sobrevino se retiraron los cristianos a sus ásperos montes, y los musulmanes viendo la horrible pérdida que habían sufrido se volvieron a las fronteras, y de allí por Toledo a Córdoba». Esta fue la última campaña de Abdelmelik. A poco tiempo le acometió una grave enfermedad, de que sucumbió en Córdoba en el mes de Safar de 399 (octubre de1008) con gran sentimiento de los buenos muslimes, y no sin sospechas de que hubiese sido envenenado.
Modesto Lafuente
Historia General de España - III
Historia General de España 03